Urgente llamado a la reflexión: un asunto que requiere nuestra atención inmediata.
Reflexiones sobre la Invisibilidad en la Ciudad
Por el Padre Martín Ponce de León En una de mis caminatas por la ciudad, observé a un hombre que avanzaba rengueando.Su andar era lento y pensativo, y en uno de sus hombros cargaba una bolsa que, en ocasiones, trasladaba al otro lado.
Al acercarse, nuestras miradas se cruzaron y me llamó la atención una remera celeste que llevaba atada en uno de sus tobillos.
Sin poder evitarlo, empecé a preguntarme qué le habría sucedido.
Cuando finalmente nos saludamos, le pregunté cómo había resultado herido.
Con una sonrisa, respondió: “Nada.
Es para llamar un poco la atención”.
Mi curiosidad no se detuvo allí; insistí y le volví a preguntar, pero ante mi seriedad, solo rió y reiteró su afirmación.
“Que tenga suerte”, le dije mientras ambos continuábamos nuestro camino, cada uno sumido en sus pensamientos.
En ese momento, una serie de interrogantes comenzaron a surgir en mi mente.
¿Realmente nada le había sucedido? ¿Por qué sentía la necesidad de llamar la atención? Recordé a otra persona que, años atrás, pedía limosna en la puerta de un templo y que se vendaba las manos antes de acomodarse en los escalones para comenzar a pedir.
Su presencia también era inconfundible, pero su estrategia era diferente.
Si su afirmación era cierta, me asalta la pregunta: “¿Por qué tiene necesidad de llamar la atención?”.
Su figura, alta y con una desprolijidad evidente, resultaba imposible de ignorar.
La ropa que vestía, de mucho uso y escasa limpieza, junto con su camisa incorrectamente abotonada, lo hacían destacar.
A menudo lo veía cargar algo o hablar consigo mismo, elevando su voz a un tono que no pasaba desapercibido.
En un contexto así, surge la reflexión: ¿por qué necesita hacer algo más para ser visto? La condición de quienes piden ayuda en las calles lleva implícita la posibilidad de sentirse invisibles en medio de la multitud.
Tristemente, muchos se han acostumbrado a ver a estas personas como parte del paisaje urbano, una imagen que incomoda a unos, molesta a otros y que, para muchos, ya no genera ninguna reacción.
Hemos normalizado su presencia, tanto que es habitual ignorarlas y, con ello, nos privamos de cuestionar nuestra propia humanidad.
No deberían ser vistos con desprecio ni convertidos en objetos de estudio sociológico.
Están presentes en nuestra sociedad para recordarnos la fragilidad de la dignidad humana y para invitarnos a acercarnos y caminar junto a ellos.
No son figuras decorativas en la acera; son personas, y como tales merecen ser reconocidas y aceptadas, independientemente de las decisiones que hayan tomado en sus vidas.
Al interactuar con ellos, tenemos la oportunidad de contribuir a la recuperación de su dignidad y, en el proceso, enriquecer nuestra propia humanidad.
Cada individuo presenta una lección valiosa que aprender, y es nuestra responsabilidad transitar estos caminos con el corazón abierto.
Recientemente, un hombre frente a un grupo de personas sentadas en un banco de la plaza me comentó: “Esto es un temón”.
Su sola presencia debería ser un llamado de atención.
Muchas veces, nuestra indiferencia resulta tan abrumadora que se hace necesario que alguien envuelva una remera en su tobillo solo para ser notado.
Fuente: Diario Cambio